Antojos emocionales: Por qué tu cuerpo pide dulce cuando te sientes triste

Kenia Espinosa

2026-01-10

El consumo de alimentos dulces, como el helado, aumenta en momentos de tristeza porque el cerebro busca una recompensa inmediata para sentirse mejor.

¿Por qué el cuerpo nos pide azúcar cuando estamos tristes?

Muchas personas experimentan una necesidad repentina de consumir alimentos dulces después de un día complicado, una mala noticia o simplemente cuando el ánimo decae. No se trata de una simple coincidencia ni de falta de fuerza de voluntad. Existe una serie de procesos químicos y biológicos que ocurren en el organismo y que explican por qué el cuerpo pide azúcar cuando la tristeza aparece. Comprender este mecanismo ayuda a entender mejor las reacciones del propio cuerpo.

La química del cerebro y la búsqueda de placer inmediato

El cerebro humano funciona a través de neurotransmisores, que son sustancias químicas encargadas de enviar señales a todo el cuerpo. Cuando una persona se siente triste o deprimida, los niveles de serotonina suelen descender. La serotonina es conocida popularmente como la “hormona de la felicidad” y juega un papel crucial en la regulación del estado de ánimo.

Ante este descenso, el cerebro busca una forma rápida de compensar la falta de bienestar. El consumo de azúcar y carbohidratos refinados (como el pan dulce, galletas o chocolates) provoca una liberación casi inmediata de dopamina y endorfinas. Estas sustancias generan una sensación temporal de placer y alivio. Por ello, el organismo, en su intento de “sentirse mejor”, envía la señal de ingerir estos alimentos específicos. Instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han señalado en diversas publicaciones cómo el cerebro asocia estos alimentos con una recompensa rápida.

El papel del cortisol en el estrés y la tristeza

La tristeza rara vez llega sola; a menudo viene acompañada de estrés o ansiedad. En estas situaciones, el cuerpo aumenta la producción de cortisol, la hormona del estrés. El cortisol tiene la función de preparar al cuerpo para enfrentar una amenaza, y para ello, demanda energía de rápida disponibilidad.

La glucosa (azúcar) es la fuente de energía más rápida que el cuerpo puede procesar. Por esta razón, cuando los niveles de cortisol suben debido a una preocupación familiar, problemas económicos o situaciones emocionales complejas, el cerebro interpreta que necesita “combustible” urgente. Esto se traduce en un antojo intenso por alimentos ricos en calorías y azúcares, ignorando opciones más saludables como verduras o frutas.

Hambre emocional vs. Hambre física

Es fundamental distinguir entre la necesidad fisiológica de alimentarse y el hambre emocional. El hambre física aparece de manera gradual, se siente en el estómago y se satisface con cualquier tipo de alimento. Por el contrario, el hambre emocional surge de repente, generalmente a raíz de un detonante anímico, y pide un alimento específico, casi siempre dulce o grasoso.

Expertos de la Clínica Mayo indican que la alimentación emocional es una forma de suprimir o calmar emociones negativas como el estrés, la ira, el temor, el aburrimiento, la tristeza y la soledad. En la cultura mexicana, además, la comida tiene un fuerte componente afectivo. Desde la infancia, muchas personas reciben dulces como premio o consuelo (“tómate un refresco para el susto” o “un dulce para que no llores”), lo que refuerza la conexión psicológica entre el azúcar y el alivio emocional.

El ciclo del azúcar y el estado de ánimo

Aunque el consumo de azúcar proporciona un alivio momentáneo, este efecto es de corta duración. Al ingerir grandes cantidades de dulce, los niveles de glucosa en sangre se disparan, lo que provoca un aumento de energía y mejora del ánimo. Sin embargo, poco tiempo después, el cuerpo libera insulina para procesar esa azúcar, lo que causa una caída brusca de los niveles de glucosa, conocida como hipoglucemia reactiva.

Este “bajón” de azúcar a menudo trae consigo irritabilidad, cansancio y, paradójicamente, más tristeza o ansiedad, reiniciando el ciclo. El cuerpo vuelve a pedir azúcar para salir de ese estado, creando un círculo vicioso que puede afectar la salud a largo plazo si no se gestiona adecuadamente.

Alternativas para gestionar los antojos

Reconocer que el cuerpo pide azúcar por una causa emocional es el primer paso. Los especialistas en nutrición y salud mental sugieren buscar actividades que estimulen la producción de serotonina y endorfinas sin depender de la comida.

Actividades como escuchar música que agrade (cumbia, salsa o los géneros favoritos), bailar un poco en casa, salir a caminar o platicar con una amiga, pueden elevar el estado de ánimo. En cuanto a la alimentación, optar por frutas que contienen azúcares naturales, o alimentos ricos en triptófano (como el plátano, la nuez o los lácteos), ayuda a la producción de serotonina de manera más estable y nutritiva.

Entender al cuerpo permite tomar decisiones más conscientes. No se trata de prohibir alimentos, sino de identificar qué emoción está detrás del antojo y atender la verdadera necesidad, que muchas veces es un abrazo, un descanso o una distracción, y no necesariamente un postre.

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