La faceta de Pedro Infante que pocos conocen y te robará el corazón
Pedro Infante, el Ídolo de México, vive en el corazón de la gente no solo por sus películas y canciones que nos hacen cantar y bailar, sino por la persona que fue lejos de las cámaras. Su carisma traspasaba la pantalla, pero las historias de quienes lo conocieron de cerca pintan la imagen de un hombre con un corazón tan grande como su fama. Más allá del charro cantor o el carpintero enamorado, existió un ser humano generoso, sencillo y siempre dispuesto a tender la mano.

Un corazón que no conocía de clases sociales
Quienes trabajaron con él, desde las más grandes estrellas hasta el personal de limpieza de los foros, coinciden en una cosa: Pedro era el mismo con todos. No hacía distinciones. Se cuenta que llegaba a los sets de filmación y saludaba con el mismo entusiasmo y respeto al director que al técnico que le ofrecía un vaso de agua. Esta sencillez era parte de su esencia, algo que nunca perdió a pesar de la fama abrumadora que lo rodeaba.

El periodista y guionista de cine, Carlos Monsiváis, llegó a escribir sobre el fenómeno que representaba Infante, destacando que su popularidad se debía a que el público veía en él a un igual, a un “amigo que triunfa”. Esa conexión no era actuada; Pedro venía de abajo, conocía las carencias y nunca olvidó sus raíces en Guamúchil, Sinaloa.
El carpintero que nunca dejó el oficio
A pesar de ser la estrella mejor pagada de la Época de Oro del cine mexicano, Pedro Infante nunca abandonó su primer oficio: la carpintería. No era solo un pasatiempo, era su ancla a la realidad. En su casa de Cuajimalpa, tenía un taller completamente equipado donde pasaba horas trabajando la madera.

Más allá de crear muebles para su propio hogar, utilizaba su talento para ayudar. Se dice que fabricaba juguetes de madera que luego regalaba a niños de escasos recursos en Navidad y el Día de Reyes. También construía cunas, sillas y mesas para familias que lo necesitaban, muchas veces de forma anónima. Para él, el olor a madera y el trabajo con sus manos era una forma de mantener los pies en la tierra.
Generosidad sin pedir nada a cambio
Las anécdotas sobre su generosidad son incontables. Irma Dorantes, su última esposa, relató en diversas ocasiones cómo Pedro solía salir con los bolsillos llenos de dinero para repartirlo entre la gente que se encontraba en la calle. Si veía a alguien con necesidad, no dudaba en detenerse y ayudar.

Una de las historias más conocidas, confirmada por personas cercanas, es que solía visitar colonias populares y, de manera discreta, pagaba las deudas de las familias en las tiendas de abarrotes locales. Llegaba, pedía las cuentas de quienes más debían y las saldaba sin que los beneficiados supieran quién había sido. Su lema era ayudar sin esperar el aplauso, una cualidad que lo convirtió en un verdadero ídolo del pueblo.
Un amigo para todos
Su amor por la gente se extendía a su pasión por el deporte. Era un atleta consumado; practicaba boxeo, remo y era un apasionado de la aviación. Pero también le gustaba el ejercicio como un pretexto para convivir. Organizaba carreras y competencias en las que invitaba a participar a sus amigos y a los vecinos, creando un ambiente de fiesta y comunidad.

Pedro Infante se fue demasiado pronto, pero su legado va más allá de las más de 60 películas que filmó o las 300 canciones que grabó. Su verdadero tesoro fue su calidad humana, esa capacidad de conectar con la gente y de compartir lo que tenía sin medida. Por eso, más que una estrella de cine, Pedro Infante sigue siendo ese familiar, ese amigo, ese vecino que todos hubiéramos querido tener.







