Si te pagaran por quejarte, ¿ya serías millonaria? Descúbrelo aquí

Kenia Espinosa

2026-01-17

Aquí, calculando mentalmente cuánto dinero llevaría ganado hoy si le pagaran por cada queja sobre el tráfico y los precios del mercado.

Si te pagaran por quejarte, ¿ya serías millonaria?

¡Comadre, a ver, siéntate tantito y vamos a soñar! Imagina por un momento que un genio de la lámpara o un hada madrina con barita mágica te concede un deseo: a partir de hoy, por cada vez que te quejes, te van a depositar un dinerito en tu cuenta. No importa si es una queja chiquita o un lamento de esos que salen del alma. Cada una cuenta, cada una suma. ¿Ya te viste? En la playa, con una bebida fría, pensando: “Gracias, tráfico de las 7 de la mañana”.

La verdad es que, si esto fuera real, muchas de nosotras ya no nos preocuparíamos por la quincena. Seríamos inversionistas, empresarias, ¡reinas del billete! Porque si algo sabemos hacer es señalar lo que no nos gusta. No por amargadas, sino porque la vida diaria nos da mucho material. Así que, en este divertido ejercicio, vamos a ver cuáles serían nuestras principales fuentes de ingreso. Prepara la calculadora, que vamos a hacer cuentas.

El transporte público: La mina de oro de las quejas

Aquí es donde empezaríamos a facturar desde temprano. Apenas pones un pie fuera de casa y ¡zas!, primera queja del día. Que si el microbús ya viene hasta el tope y parece que te vas a bajar hecho tamal. Que si el del metro se frena de golpe y terminas abrazando a un desconocido. O peor, ¡que se detiene entre estaciones! Cada minuto que pasas ahí abajo, sin señal y con un calorcito sabroso, serían moneditas cayendo en tu alcancía virtual.

Y ni hablar del tráfico. Esos embotellamientos en el Periférico, en la Zaragoza o para entrar a la Ciudad de México serían nuestro aguinaldo adelantado. “¡Otra vez parado!”, “¿Por qué no avanza?”, “¡Seguro fue un choque!”. Cada claxon, cada suspiro de desesperación, se traduciría en un ingreso extra. Para cuando llegáramos al trabajo, ya tendríamos para el desayuno y hasta para invitarle el café al jefe, para que no ande de malas. Sin duda, la movilidad urbana sería nuestra principal empresa.

¿Y los hijos? ¡La pensión que nunca falla!

Ahora pasemos a la segunda fuente de ingresos más importante: la bendición, los retoños, los chamacos. ¡Ay, nuestros hijos! Los amamos con todo el corazón, pero seamos sinceras, son una fábrica de quejas inagotable. Desde el clásico “¡Ya levántate que se te hace tarde!” hasta el eterno “¡Recoge tu cuarto que parece que pasó un huracán!”.

Cada plato que dejan en la mesa, cada toalla mojada en la cama, cada “no me gusta” a la hora de la comida, sería un depósito directo. “¿Por qué no haces la tarea?”, “¡Deja ese celular!”, “¡No te pelees con tu hermano!”. Si nos pagaran por cada una de estas frases, no solo tendríamos para sus estudios, sino que podríamos pagarles la universidad en el extranjero y hasta nos sobraría para un viajecito. Los hijos no vendrían con una torta bajo el brazo, sino con un plan de retiro asegurado.

El clima y los precios: La queja de cada día

Hay dos temas que nunca fallan en cualquier conversación y que, por supuesto, nos harían ricas: el clima y la economía. En la mañana: “¡Qué frío hace, no dan ganas ni de bañarse!”. A mediodía: “¡Qué calorón, se me está derritiendo el maquillaje!”. Y en la tarde: “¡Ya va a llover y no traje paraguas!”. El clima es tan indeciso que nos daría para ganar dinero las 24 horas del día.

Pero la verdadera joya de la corona sería quejarse de los precios. Ir al mercado o al súper sería como ir a cobrar la nómina. “¡Qué caro está el aguacate!”, “¿A poco el kilo de jitomate ya está en eso?”, “¡El aceite subió otra vez!”. Cada vez que revisamos el ticket y vemos cómo la quincena se esfuma, estaríamos recuperando la inversión. La inflación dejaría de ser un problema para convertirse en nuestro modelo de negocio.

Al final del día, aunque quejarse no nos dé dinero, reírnos de nuestras propias quejas es un tesoro. Nos conecta, nos hace ver que no estamos solas en esto y nos ayuda a liberar un poco el estrés. Así que la próxima vez que estés atorada en el tráfico, piensa que, en un universo paralelo, te estás haciendo millonaria. Y eso, comadre, ya te saca una sonrisa.

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