¿Bloquear o no Bloquear? El Impulso que Todas Sentimos Cuando nos Hacen Enojar

Kenia Espinosa

2026-01-25

Imagen de un teléfono celular con una llamada entrante, tachado con un símbolo de prohibido, que representa el acto de bloquear a alguien. La nota explica la psicología detrás de esta reacción al enojarnos.

“¡Te bloqueo!”: La psicología detrás de nuestro impulso de desaparecer gente de redes cuando nos enojamos

Comadre, seamos honestas. Todas hemos estado ahí. Con el corazón latiendo a mil por hora, la cara roja del coraje y el celular en la mano como si fuera un arma. Después de una pelea con la pareja, una decepción de una amiga o un comentario fuera de lugar de un familiar, un impulso casi primitivo nos recorre el cuerpo y nos grita: “¡Bloquéalo!”.

Y así, con la velocidad de un rayo, empieza el ritual: bloqueo de WhatsApp, bloqueo de Facebook, bloqueo de Instagram y hasta de TikTok, por si las dudas. En cuestión de segundos, esa persona ha dejado de existir en nuestro universo digital. Se siente un alivio inmediato, una pequeña victoria en medio de la tormenta. Pero, ¿alguna vez te has preguntado por qué esta es nuestra reacción automática? No es solo un “berrinche digital”, hay mucha psicología interesante detrás de ese dedazo vengador.

Tomando el control: “En mis redes, mando yo”

Cuando alguien nos lastima o nos hace enojar, una de las peores sensaciones es la de impotencia. Sentimos que perdimos el control de la situación. El acto de bloquear es una forma rápida y contundente de recuperarlo. Es como si pusiéramos un letrero gigante de “Acceso Denegado” en nuestra vida.

En ese momento, no podemos controlar lo que la otra persona piensa o hace, pero sí podemos controlar quién tiene acceso a nosotras. Bloquear es reafirmar nuestro poder sobre nuestro propio espacio, aunque sea el digital. Es una declaración de que nosotras decidimos quién entra y quién se queda afuera. Es un acto de soberanía personal que, en medio del caos emocional, se siente increíblemente bien.

Corazón blindado: Creando una muralla digital para protegernos

El enojo muchas veces viene acompañado de un profundo dolor. Y cuando estamos heridas, lo último que queremos es echarle más sal a la herida. Bloquear a esa persona es una medida de autoprotección. Es la forma de evitar ver una foto suya pasándola bien mientras nosotras estamos llorando, o de impedir que nos llegue un mensaje hiriente o una disculpa que no estamos listas para leer.

Es, en esencia, crear una barrera para darnos un respiro. Un espacio seguro donde podamos procesar nuestras emociones sin interrupciones ni más provocaciones. Es como ponerle un curita al corazón para que nadie lo esté picando. Necesitamos ese tiempo fuera para que la herida empiece a sanar, lejos de la vista de quien la causó.

El castigo silencioso: “Para que sientas lo que es no tenerme”

No nos hagamos las santas, comadre. A veces, bloquear también es una forma de castigo. Es un acto pasivo-agresivo con el que buscamos que la otra persona sienta nuestra ausencia. Es el equivalente digital de la “ley del hielo”. Al desaparecer de su vida virtual, le estamos mandando un mensaje muy claro: “Me heriste tanto, que para mí ya no existes”.

Esperamos que, al intentar contactarnos y ver que no puede, o al buscar nuestro perfil y no encontrarlo, entienda la magnitud de su error. Es una forma de hacerle sentir el vacío que dejamos, con la esperanza de que valore lo que perdió. Aunque no siempre funciona como esperamos, en el momento del enojo, la idea de que la otra persona se dé de topes contra una pared digital es bastante satisfactoria.

¿Es la mejor solución o un simple impulso?

Bloquear se siente bien en el momento, pero no siempre es la solución a largo plazo. Es una herramienta de emergencia, no una estrategia de comunicación.

  • Como herramienta útil: Es excelente para poner distancia con personas tóxicas o abusivas. En esos casos, bloquear no es un impulso, es una necesidad para cuidar nuestra salud mental. Es poner un límite definitivo y saludable.
  • Como impulso riesgoso: Si lo hacemos con personas que nos importan (pareja, familia, amigos cercanos) en cada discusión, podemos estar evitando aprender a comunicarnos. El problema no desaparece solo porque bloqueamos a la persona. Sigue ahí, esperando a que lo desbloqueemos para volver a salir.

Al final, bloquear es una reacción humana y válida para gestionar emociones intensas en un mundo digital. Nos da control, protección y un respiro. Pero la verdadera chamba viene después: cuando la cabeza se enfría, es momento de decidir si el problema de fondo se resuelve con comunicación o si ese bloqueo debe ser permanente por nuestro propio bien. Porque, comadre, tu paz mental no es negociable.

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