Cinco palabras que solo los “chilangos” entienden y su sorprendente origen
La Ciudad de México y su zona metropolitana son un universo de sonidos, colores y, por supuesto, palabras. El español que se habla en el corazón del país tiene un ritmo propio, una cadencia que se nutre de la historia, la migración y la creatividad de su gente. Hay expresiones que, aunque se han extendido por todo México, nacieron y se hicieron fuertes en las calles de la capital.
Estas palabras forman un código no escrito que une a quienes viven o han vivido en la CDMX. Son parte de la identidad, del humor y de la forma de ver la vida. A continuación, exploramos cinco de estos términos que cualquier persona de la capital o sus alrededores reconoce al instante, junto con el posible origen que les dio vida.
Chamba: Más que un simple trabajo
La palabra “chamba” es, quizás, una de las aportaciones más famosas del vocabulario chilango al español de México. Significa trabajo, empleo o la acción de trabajar. Frases como “ya me voy a la chamba” o “ando buscando chamba” son parte de la conversación diaria de millones de personas.
Una de las teorías más aceptadas sobre su origen se remonta a mediados del siglo XX, con el Programa Bracero, que permitió a trabajadores mexicanos ir a Estados Unidos de forma temporal. Se dice que los migrantes acudían a las oficinas de la “Chamber of Commerce” (Cámara de Comercio) para buscar empleo. Con el tiempo, la pronunciación de “chamber” se transformó en “chamba”, y el término regresó a México para quedarse como el sinónimo popular de trabajo.
Chela: La bebida que une a todos
Pedir una “chela” es pedir una cerveza. Es la palabra clave en reuniones familiares, fiestas sonideras y en la sobremesa después de una buena comida. Suena tan local y tan nuestra que pocos se preguntan de dónde viene.
La historia apunta a la península de Yucatán. En la lengua maya, la palabra “chel” se utiliza para describir algo de color azul claro, y se usaba para referirse a las personas de ojos azules. Cuando las cervezas de tipo lager, de color claro o “güero”, llegaron a la región, la gente comenzó a llamarlas “chel” por su color. El término viajó hasta la capital, donde se feminizó a “chela” y se adoptó masivamente para referirse a cualquier tipo de cerveza, sin importar su color.
Chido: La expresión de que todo está bien
Cuando algo es “chido”, es que es bueno, bonito, agradable o de buena calidad. “¡Qué chida tu camisa!” o “La fiesta estuvo muy chida” son expresiones de aprobación que se escuchan en toda la ciudad.
Su origen no es del todo claro, pero existen varias hipótesis. Una de ellas sugiere que proviene del asturiano “xidu”, que significa “hermoso” o “bello”. Otra teoría la vincula con el caló, el lenguaje de los gitanos en España, que tuvo una fuerte influencia en el habla popular de México. Sea cual sea su raíz, “chido” se consolidó en los barrios de la Ciudad de México como una forma de expresar que algo vale la pena.
Guácala: El sonido universal del asco
“¡Guácala!” es la interjección que se usa para expresar asco o repulsión ante algo, ya sea un olor, un sabor o una situación desagradable. Es una palabra tan sonora y expresiva que su significado es inconfundible.
Su origen parece ser prehispánico. Lingüistas sugieren que podría derivar del término náhuatl “huacalla”, que se refería a la fruta podrida o en mal estado. Otros lo relacionan con la palabra quechua “wakala”. Ambas teorías apuntan a un origen indígena que describe algo desagradable. La palabra sobrevivió a la Conquista y se integró perfectamente al español hablado en la región central de México.
Varos: El dinero en el lenguaje de la calle
En la Ciudad de México, el dinero tiene muchos nombres, pero “varos” es uno de los más arraigados. “No traigo ni un varo” o “me costó quinientos varos” son frases comunes para hablar de pesos.
Al igual que “chido”, se cree que “varo” tiene su origen en el caló. En este lenguaje, la palabra “baro” significa “importante” o “valioso”. Con el tiempo, el término se asoció directamente con el dinero, que es un bien valioso. La palabra se adaptó al habla mexicana, cambiando la “b” por la “v” y convirtiéndose en el plural “varos” para referirse a la moneda nacional.
Estas cinco palabras son solo una pequeña muestra de la riqueza lingüística de la capital. Son un patrimonio vivo que se transforma cada día en las conversaciones, en el transporte público y en los hogares, demostrando que el lenguaje es un reflejo fiel de la cultura y la historia de su gente.






