Especialistas en lexicografía y lingüística hispánica documentan la evolución semántica del vocablo pendejo, uno de los términos de mayor frecuencia en el habla coloquial de México e Hispanoamérica. Diversos diccionarios históricos confirman que la palabra transitó desde una acepción anatómica en el siglo XV hasta su significado actual vinculado a la ingenuidad o torpeza.
El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (RAE) preserva en su definición originaria el significado de «pelo que nace en el pubis y en las ingles». La palabra deriva del latín vulgar pectiniculus, diminutivo de pecten, término que designaba el vello púbico.
El humanista Antonio de Nebrija registró el vocablo por primera vez en 1495 dentro de su Vocabulario español-latino. Posteriormente, textos del siglo XVI como La Lozana andaluza, obra de Francisco Delicado, testimoniaron el uso cotidiano de la voz en referencias al cuidado corporal femenino.
A inicios del siglo XVIII, el término experimentó un primer desplazamiento metafórico hacia la noción de pusilanimidad. En 1705, el lexicógrafo Francisco Sobrino tradujo la expresión en su diccionario bilingüe como sinónimo de cobarde (lâche, en francés).
La RAE formalizó este sentido figurado en 1737 en el Diccionario de Autoridades, donde definió la voz como un calificativo dirigido al hombre carente de valor y esfuerzo. Durante esa época, los hablantes peninsulares asociaban la palabra a la falta de arrojo y no a la capacidad intelectual.
La adopción del sentido de torpeza en México y América Latina
Hacia finales del siglo XIX, la sociedad mexicana transformó nuevamente el uso del término para equipararlo con la falta de destreza social o inteligencia. El escritor José Sánchez Somoano consignó esta acepción en 1892 en su compilación Modismos, locuciones y términos mexicanos.
La investigadora Margarita Espinosa Meneses, académica del Tecnológico de Monterrey, analizó este fenómeno sociolingüístico en la revista Razón y Palabra. La lingüista explicó que los hablantes asocian el vello corporal a un elemento minúsculo y tabú, por lo que emplean la palabra para rebajar la condición del interlocutor.
La RAE incorporó formalmente la acepción de «hombre tonto y estúpido» en la decimonovena edición de su diccionario general en 1970. En la actualidad, el Diccionario de americanismos de la ASALE documenta este valor semántico en México y en otras 14 naciones del continente americano.
Esta trayectoria etimológica explica también el origen de expresiones populares como «no tener ni un pelo de tonto» o su variante coloquial «de pendejo no tiene ni un pelo». Dicha locución resalta la astucia de un individuo mediante un juego de palabras basado en el sentido biológico primario.
Los historiadores de la lengua española señalan que los insultos cotidianos conservan huellas culturales de las distintas etapas de una comunidad. Instituciones académicas continúan recopilando estos giros idiomáticos en corpus digitales para estudiar las variaciones lingüísticas del español contemporáneo.






