¿Llorar por un taco? Las cosas más dramáticas que has hecho por hambre

Kenia Espinosa

2026-01-17

Cuando revisas el refri por quinta vez y sigue sin haber nada para tu antojo. El drama es real, comadre.

¿Qué es lo más dramático que has hecho por hambre? ¡Confesiones de antojo!

Comadre, seamos sinceras: el hambre nos transforma. Una puede ser la persona más dulce y paciente del mundo, pero cuando el estómago empieza a rugir y parece que tienes un hoyo negro en la panza, ¡cuidado! Sale nuestro lado más intenso, ese que bien podría protagonizar una telenovela de las nueve. El buen humor se va de vacaciones, la paciencia se esconde y de repente, el mundo entero parece conspirar para que no puedas comerte ese taquito que tanto anhelas.

Todas tenemos una historia. Ese momento en el que el hambre nos llevó a hacer algo que, viéndolo en retrospectiva, fue un poquito (o muy) dramático. No es para avergonzarse, es parte de la vida. Es la prueba de que la comida no solo nos alimenta el cuerpo, sino también el alma. Así que, prepárate un cafecito, agarra una galleta (no vaya a ser) y vamos a recordar esas escenas dignas de un premio por mejor actuación.

El drama en casa: La búsqueda desesperada

El primer acto de nuestra telenovela del hambre casi siempre ocurre en casa. Es ese momento en el que abres el refrigerador por décima vez esperando que, por arte de magia, haya aparecido algo nuevo y delicioso. Al no encontrar nada, empieza la desesperación. Has revisado la alacena, los cajones, ¡hasta detrás de los trastes! Y es ahí cuando la creatividad dramática florece.

¿Quién no se ha hecho un taco con lo último que quedaba? Una tortilla con mayonesa y una pizca de sal, el último frijol embarrado en la olla o esa rebanada de jamón solitaria que ya se veía medio triste. O peor, cuando encuentras el escondite de galletas de “la bendición” y, con el corazón en la mano y mirando a todos lados como si fueras una espía, te robas una. “Solo una, para el susto”, te dices, sabiendo que es el inicio de un crimen perfecto. Es un drama silencioso, pero lleno de tensión y culpa deliciosa.

El llanto por un antojo: Hambre nivel telenovela

Aquí es cuando la cosa se pone seria. Ya no es solo hambre, es un antojo específico que se te metió en la cabeza y no te deja en paz. Quieres unos esquites con harto chile del que pica, una gordita de chicharrón prensado o ese postre que viste en la tele. Y si no lo consigues, el mundo se te viene abajo.

¿Te ha pasado que estás a punto de llorar porque cerraron el puesto de tacos al que querías ir? ¿O que le has hecho un berrinche a tu pareja porque no te trajo las papitas que le pediste? No estás sola. Es el drama en su máxima expresión. Es sentir que esa pequeña alegría te fue arrebatada y que la vida es injusta. En ese momento, no hay consuelo que valga más que el sabor de ese antojito. Es una actuación digna de un Oscar, con lágrimas reales y un sentimiento de pérdida que solo otra persona con el mismo nivel de hambre podría entender.

Rompiendo la dieta (y el cochinito) por desesperación

Otro gran drama es el que involucra la dieta y el dinero. Llevas toda la semana portándote bien, comiendo ensalada y pollo a la plancha. Pero llega el viernes, el hambre ataca y pasas por un lugar que huele a garnachas recién hechas. Empieza una batalla campal en tu cabeza: la vocecita de la conciencia contra la del antojo. Y casi siempre, gana el antojo.

El drama es la justificación que te das: “Me lo merezco”, “Un día no es ninguno”, “El lunes ahora sí empiezo”. Y con esa determinación, rompes la dieta como si no hubiera un mañana. Lo mismo pasa con el dinero. Sabes que ya te queda poco para la quincena, pero ves el carrito de los tamales oaxaqueños y sientes que es una señal divina. Sacas ese último billete y te compras tu guajolota, pensando: “Ya mañana veré cómo le hago”. Porque en ese momento, la felicidad que te da esa comida vale más que cualquier preocupación.

Al final, estas historias nos hacen reír y nos recuerdan que somos humanas. El hambre saca nuestro lado más primitivo y, a veces, el más divertido. Así que la próxima vez que te sientas al borde del drama por un elote, respira hondo, ríete de ti misma y ve a comprarlo. Te lo has ganado.

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