La leyenda del sótano de la Catedral y la gran inundación de 1629
La Ciudad de México, construida sobre los vestigios de la antigua Tenochtitlan, guarda entre sus calles y edificios coloniales una inmensa cantidad de relatos que mezclan la historia oficial con el misticismo popular. Uno de los recintos con mayor carga histórica es la Catedral Metropolitana, ubicada en el corazón del Zócalo capitalino. En torno a este edificio gira una leyenda que intenta explicar uno de los desastres naturales más graves que ha enfrentado la capital: la Gran Inundación de San Mateo en 1629.
Las narraciones orales, transmitidas por generaciones, sugieren que el origen de aquellas lluvias torrenciales no fue meramente meteorológico, sino que tuvo una causa sobrenatural relacionada con el pasado prehispánico de la ciudad y un descubrimiento accidental realizado por frailes españoles en los cimientos del templo.
El hallazgo en el subsuelo
La leyenda sitúa el inicio de los hechos en el año 1629. En aquel tiempo, la Catedral Metropolitana se encontraba aún en proceso de construcción y remodelación. Según el relato, un grupo de frailes supervisaba las obras en los sótanos y cimientos del edificio cuando se toparon con un objeto inusual: un sarcófago de características extrañas, oculto bajo la estructura virreinal.
La curiosidad llevó a los religiosos a abrir el féretro. Al hacerlo, se percataron de que el interior no albergaba un cuerpo humano, sino una entidad que la leyenda describe como demoníaca. Sin embargo, la interpretación popular de este relato sugiere que no se trataba de un demonio cristiano, sino de una manifestación de Tláloc, el dios mexica de la lluvia y el rayo. Al abrir el sarcófago, los frailes liberaron accidentalmente a esta fuerza contenida.
La venganza de Tláloc y la lluvia eterna
La tradición oral explica que los antiguos mexicas, antes de la caída definitiva de Tenochtitlan ante las tropas españolas, realizaron un conjuro para invocar a Tláloc. El objetivo de este ritual era asegurar una venganza futura contra los conquistadores, dejando a la deidad o “demonio” latente en el subsuelo, esperando el momento de ser liberado para reclamar el territorio.
La coincidencia de fechas alimenta el mito. El 21 de septiembre de 1629, poco después del supuesto hallazgo, comenzó a llover sobre la ciudad. Lo que inició como una tormenta común, conocida como el “Diluvio de San Mateo”, se prolongó durante 36 horas continuas. La intensidad de la precipitación provocó que el nivel del agua subiera hasta alcanzar los dos metros y medio de altura en las calles del centro.
La ciudad permaneció inundada no solo días o semanas, sino durante un periodo de cinco años, desde 1629 hasta 1634. Durante este lustro, la vida cotidiana de la capital de la Nueva España cambió radicalmente. Los registros históricos confirman que la población debió retomar el uso de canoas para transportarse, similar a la época de la antigua Tenochtitlan, y las misas y actividades religiosas se celebraban en las azoteas de los edificios que sobresalían del agua.
El exorcismo y la tumba de Zumárraga
Para detener la catástrofe que mantenía a la ciudad bajo el agua, la leyenda cuenta que fue necesaria la intervención de las autoridades eclesiásticas mediante un ritual de exorcismo. Un grupo de sacerdotes logró capturar nuevamente a la entidad liberada —ya fuera el demonio o la fuerza de Tláloc— y la confinaron dentro de un cofre o caja de seguridad.
Para asegurar que esta fuerza no volviera a escapar y provocar otro desastre, se decidió ocultar el cofre en un lugar sagrado y protegido. El sitio elegido fue la tumba de Fray Juan de Zumárraga. Zumárraga fue una figura central en la evangelización de México, siendo el primer Arzobispo de la ciudad y quien, según la tradición católica, presenció las apariciones de la Virgen de Guadalupe ante Juan Diego.
Se dice que el cofre permanece hasta la fecha dentro de la cripta del arzobispo, ubicada en la Catedral. Como prueba de este sincretismo entre las dos culturas y del supuesto encierro de la deidad, la leyenda señala la existencia de una calavera labrada en piedra en la base de la tumba de Zumárraga. Este elemento, de origen prehispánico y similar a los encontrados en los templos mexicas (tzompantli), serviría como un sello o advertencia sobre el contenido que yace en el sepulcro.
Contexto histórico real
Más allá de la leyenda, la inundación de 1629 es un hecho documentado. La ciudad, ubicada en una cuenca endorreica rodeada de lagos, sufrió constantes inundaciones debido a la destrucción de los diques prehispánicos y al cierre de las salidas naturales del agua. La catástrofe de 1629 mató a miles de indígenas y españoles y casi provoca el traslado de la capital a otra zona, como Puebla.
La construcción de la Catedral Metropolitana sí se realizó sobre el recinto sagrado de Tenochtitlan, específicamente cerca del Templo Mayor, lo que explica el hallazgo constante de piezas arqueológicas, ídolos y estructuras mexicas en el subsuelo, alimentando así las historias de dioses antiguos que habitan bajo los cimientos de la fe católica.






