ESE MOMENTO DE PÁNICO: COSAS QUE SE NOS OLVIDAN DE LA ESCUELA Y HOY NOS DAN RISA
Hay sensaciones que nunca se olvidan, sin importar cuántos años pasen. Una de las más intensas es ese vacío en el estómago, esa gota de sudor frío y esa taquicardia repentina que ocurría a las 8:00 de la mañana en la puerta del salón. Sucede justo en el momento en que cruzas el umbral y ves a tu compañera de banca sosteniendo una base de cartón negro con bolas de unicel pintadas de colores.
Miras a la derecha: otra maqueta. Miras a la izquierda: Saturno con sus anillos de diamantina te saluda. Y entonces, la realidad te golpea: había tarea y la olvidaste por completo.
La escuela primaria fue una época maravillosa, pero también nuestro primer entrenamiento en manejo de crisis. Hoy, a la distancia, recordamos con mucho humor esos objetos y tareas que nos quitaron el sueño (y a nuestras mamás también).
La infame maqueta del sistema solar
Es, quizá, el rey de los olvidos escolares. No importaba si era cuarto o sexto de primaria, en algún momento el programa exigía representar el universo con bolas de unicel. El problema no era hacerla, sino acordarse.
El drama comenzaba al ver que todos traían su “obra de arte”. Algunos, los más aplicados, incluso le ponían foquitos con una pila. Tú, en cambio, solo traías tu torta y el jugo. La mente infantil trabajaba a mil por hora: “¿Le digo a la maestra que se la comió el perro?”, “¿Digo que me asaltaron y se llevaron a Plutón?”. Al final, no quedaba más que aceptar el destino y prometer (por enésima vez) anotar todo en la libreta de tareas.
El frijolito que nunca nació (o que murió en la mochila)
El experimento del germinador era un clásico. Un frasco de Gerber, un algodón mojado y un frijol. La misión era simple: cuidarlo y llevarlo cuando tuviera raíz.
El olvido aquí tenía dos variantes. La primera: olvidar poner el frijol y tratar de hacerlo crecer mágicamente cinco minutos antes de la clase echándole mucha agua (spoiler: no funcionaba). La segunda, y más trágica: olvidar que el frijol estaba en la mochila durante las vacaciones de Semana Santa. El olor que salía de esa mochila al regreso a clases es algo que muchas todavía no superamos.
La flauta dulce y el “Himno a la Alegría”
La clase de música era el momento de relajación para muchos, pero el infierno para las olvidadizas. La flauta dulce, ese instrumento de plástico beige o café, era indispensable.
Llegar al salón y darte cuenta de que la flauta se quedó en la mesa de la cocina significaba una cosa: pasar la hora entera sentada en silencio viendo cómo tus amigas intentaban (sin mucho éxito) tocar el “Himno a la Alegría” o “Martinillo”. Lo peor era cuando la maestra te prestaba la flauta “de repuesto” que tenía en el cajón, esa que habían usado generaciones de alumnos antes que tú.
La monografía y el domingo a las 10 de la noche
Este punto merece una mención honorífica porque ahora, muchas de nosotras lo vivimos desde el otro lado. El olvido de la monografía o el mapa con división política y nombres no era un problema tuyo, era un problema familiar.
La escena es clásica: domingo por la noche, tus papás ya están viendo la tele o preparándose para dormir, y de repente, tu cerebro hace conexión: “¡Mamá, necesito una biografía de Benito Juárez!”. El regaño era inevitable, pero el amor de mamá era más grande, y ahí iban, buscando una papelería abierta a deshoras o tocándole a la vecina que tenía internet (en los tiempos modernos) o enciclopedias (en los nuestros).
Los tenis blancos y el uniforme de gala
No todo eran tareas. El uniforme también jugaba malas pasadas. ¿Recuerdas llegar con el pants de educación física el día que tocaba honores a la bandera? Eras la mancha gris en un mar de uniformes de gala. O al revés, ir con falda y zapatos de charol el día que tocaba correr y saltar. Esos olvidos nos enseñaron a improvisar y, sobre todo, a desarrollar una piel gruesa ante las risas de los compañeros.
¿Por qué nos da risa ahora?
Recordar estos momentos de angustia escolar nos da risa porque nos damos cuenta de que sobrevivimos. Esas “tragedias” que parecían el fin del mundo nos enseñaron responsabilidad (a la mala) y nos dieron anécdotas que hoy compartimos en las reuniones.
Además, ahora que vemos a nuestros hijos o sobrinos pasar por lo mismo, no podemos evitar sonreír con complicidad. Sabemos que ese dolor de estómago al olvidar la cartulina es parte de crecer. Así que, si hoy te toca correr a la papelería, respira hondo y recuerda: algún día, esto también será una buena historia para contar.






