¿Por qué los hombres dejaron de usar tacones y maquillaje? La historia detrás del traje gris
Hubo una época en la que la masculinidad se medía por la cantidad de encaje, seda y joyas que un hombre portaba. Reyes y nobles del siglo XVII y XVIII caminaban con zapatos de tacón, pelucas empolvadas y medias de seda para demostrar su estatus. Sin embargo, hoy en día, la vestimenta formal masculina se reduce, en su mayoría, a un traje oscuro y sobrio. Este cambio radical no fue una casualidad de la moda, sino un fenómeno histórico y psicológico conocido como “La Gran Renuncia Masculina”.
El fin de la era del adorno masculino
El psicólogo británico John Carl Flügel acuñó el término “La Gran Renuncia Masculina” en su libro Psicología del vestido (1930). Según Flügel, a finales del siglo XVIII ocurrió un cambio drástico en la mentalidad occidental. Los hombres abandonaron voluntariamente su pretensión de ser considerados “bellos” y comenzaron a aspirar únicamente a ser “útiles”.

Antes de este periodo, la moda era una herramienta directa de poder. En las cortes europeas, vestir telas costosas y diseños imprácticos demostraba que la persona no necesitaba trabajar con sus manos. El ocio y la riqueza se exhibían a través del volumen y el brillo de la ropa.
La Revolución Francesa y el cambio de valores
El punto de quiebre llegó con la Revolución Francesa en 1789. La caída de la aristocracia trajo consigo el rechazo a la opulencia desmedida, que pasó a ser vista como un símbolo de corrupción y decadencia del Antiguo Régimen. Los revolucionarios adoptaron prendas más sencillas, como los pantalones largos en lugar de los calzones de seda (culottes) asociados a la nobleza.

En este nuevo orden social, los valores cambiaron. El ciudadano ideal debía ser racional, trabajador y productivo. La ropa se transformó para reflejar estos ideales democráticos y republicanos. La sobriedad se convirtió en el nuevo símbolo de respetabilidad y moralidad.
La llegada del traje moderno y la industrialización
Con el avance del siglo XIX y la Revolución Industrial, esta tendencia se consolidó. El hombre moderno necesitaba ropa que le permitiera moverse en un entorno urbano y de negocios. El traje de tres piezas, en colores oscuros como gris, negro o azul marino, se estableció como el uniforme del éxito.
La figura de Beau Brummell, un influyente árbitro de la moda británica a principios del siglo XIX, fue clave en esta transición. Brummell promovió un estilo basado en el corte perfecto y la limpieza, rechazando los excesos ornamentales. Así, la elegancia masculina dejó de depender del adorno para centrarse en la sastrería impecable.
La división de roles: belleza vs. intelecto
Flügel argumentó que esta renuncia tuvo un efecto secundario en la percepción de los géneros. Mientras los hombres adoptaban una estética austera para proyectar seriedad e intelecto, la carga de la “belleza” y el adorno recayó casi exclusivamente en las mujeres.
Durante el siglo XIX, la moda femenina continuó siendo elaborada y decorativa, funcionando en muchos casos como un escaparate de la riqueza del esposo o padre. Esta división reforzó estereotipos donde lo masculino se asociaba con la mente y la acción, mientras que lo femenino se vinculaba con la estética y la emoción.

Hoy en día, aunque la moda masculina ha comenzado a recuperar colores y texturas, el legado de la Gran Renuncia Masculina sigue vigente en el código de vestimenta profesional, donde el traje sobrio permanece como sinónimo de autoridad y competencia.






