¿Por qué nos pintamos las uñas? La historia que no te contaron en el salón de belleza

Kenia Espinosa

2025-12-26

En el antiguo Egipto, el color de las uñas no era una elección libre; el rojo intenso estaba reservado para la realeza.

La historia de las uñas pintadas: De un ritual de guerra a un símbolo de identidad

Para muchas de nosotras, pintarnos las uñas es un pequeño ritual de cuidado personal, una forma de combinar con nuestra ropa o simplemente un gusto para sentirnos bien. Pero, ¿sabías que esta práctica tan común tiene miles de años de historia y que no comenzó como un acto de belleza, sino como una poderosa declaración de poder, estatus y hasta ferocidad en la guerra? La próxima vez que elijas un color para tu manicura, recordarás que estás continuando una tradición ancestral con un significado muy profundo.

Guerreros con las uñas pintadas: El origen en Babilonia

La historia de las uñas pintadas nos lleva hasta la antigua Mesopotamia, hace más de 5,000 años. Según la información del video, los primeros en adoptar esta práctica fueron los guerreros babilonios. Antes de marchar a la batalla, los soldados pasaban horas pintándose las uñas y los labios con kohl, un polvo de color negro.

Este acto no tenía nada que ver con la vanidad; era un ritual de guerra. Las uñas oscuras servían para intimidar al enemigo, como un mensaje visual de ferocidad. Además, funcionaba como un símbolo de jerarquía: los guerreros de mayor rango llevaban las uñas más largas y de un color negro más intenso. En ese entonces, pintarse las uñas era sinónimo de poder y estatus de guerrero.

El color de tus uñas definía tu estatus: Egipto y China

Mientras en Mesopotamia las uñas eran para la guerra, en el antiguo Egipto se transformaron en un lenguaje de estatus social. Los egipcios usaban henna, ocre y otros minerales para teñir sus uñas. Sin embargo, el color no era una elección libre.

El rojo intenso estaba reservado exclusivamente para la realeza, como la famosa reina Cleopatra. Las personas de clases sociales más bajas solo tenían permitido usar tonos pálidos o neutros. El color de tus uñas decía, literalmente, a qué clase social pertenecías.

En la antigua China, esta idea de estatus se llevó a un nivel aún más extremo. Allí se inventó la primera laca de uñas verdadera, pero su uso estaba estrictamente regulado. Los colores como el oro y la plata eran exclusivos de la familia real. Si una persona común se atrevía a usar esos colores, podía ser castigada. Durante las dinastías Ming y Qing, la nobleza llevaba las uñas extremadamente largas, a veces protegidas con guardas de oro y plata con incrustaciones de piedras preciosas, como un indicador de que no necesitaban hacer trabajos manuales.

La prohibición en Europa y el renacimiento de la manicura

Con la llegada del cristianismo a Europa, la percepción sobre las uñas pintadas cambió drásticamente. La Iglesia consideraba esta práctica como un acto de vanidad, asociado al paganismo e incluso a la brujería. Por esta razón, pintarse las uñas prácticamente desapareció en el mundo occidental durante miles de años.

No fue sino hasta el siglo XIX que la manicura reapareció, pero de una forma muy discreta. La moda no era el color, sino llevar las uñas limpias, limadas y brillantes. El color tuvo que esperar hasta principios del siglo XX, cuando la marca Cutex lanzó los primeros esmaltes comerciales y Hollywood, con sus actrices en la pantalla grande, lo popularizó como un símbolo de glamour y belleza.

De la rebeldía a la identidad: Las uñas en la era moderna

En las décadas de 1970 a 1990, las uñas pintadas, especialmente de negro, fueron adoptadas por movimientos contraculturales como el punk, el gótico y el emo. Se convirtieron en un emblema de rebeldía y una forma de expresión fuera de las normas.

Hoy en día, las uñas pintadas han dejado de tener género o una sola definición. Son una forma de identidad, una herramienta para narrar quiénes somos y cómo nos sentimos. Como muestra la historia, nunca fueron un detalle superficial. Siempre han sido un lienzo para comunicar poder, riqueza, rebeldía o, simplemente, nuestra propia personalidad.

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