La comprensión moderna del espectro electromagnético comenzó con la curiosidad de científicos que buscaron respuestas más allá de lo que el ojo humano puede percibir. Aunque Isaac Newton demostró en el siglo XVII que un prisma separa la luz blanca en los colores del arcoíris, no fue sino hasta el siglo XIX cuando se confirmó la existencia de radiaciones invisibles.
El descubrimiento de estas energías cambió la física y permitió el desarrollo de tecnologías actuales como la fotografía, los controles remotos y la observación astronómica avanzada. Los experimentos de William Herschel y Johann Ritter marcaron el inicio de esta revolución científica.
William Herschel y el hallazgo del infrarrojo en 1800
En el año 1800, el astrónomo alemán William Herschel realizó un experimento para determinar si los distintos colores de la luz solar transportaban diferentes cantidades de calor. Para ello, utilizó un prisma para descomponer la luz y colocó termómetros en cada color del espectro visible.
Herschel observó que la temperatura aumentaba conforme se desplazaba del violeta hacia el rojo. Sin embargo, el hallazgo más relevante ocurrió cuando colocó un termómetro en una zona oscura, justo más allá del color rojo, donde aparentemente no había luz.
El científico detectó que esa zona invisible registraba la temperatura más alta de todo el experimento. Herschel concluyó que el Sol emite una radiación que transporta calor pero no es visible para los humanos. Denominó a este fenómeno como “infrarrojo”, utilizando el prefijo latín infra que significa “debajo de”, indicando que su frecuencia está por debajo del rojo.
Johann Ritter y la radiación ultravioleta en 1801
Un año después, en 1801, el físico alemán Johann Wilhelm Ritter leyó los trabajos de Herschel y planteó la posibilidad de que existiera otra radiación invisible en el extremo opuesto del espectro, más allá del violeta. A diferencia de Herschel, Ritter no utilizó el calor como indicador, sino la reactividad química.
Ritter trabajó con cloruro de plata, un compuesto químico que se oscurece al exponerse a la luz, principio que más tarde fundamentó la fotografía analógica. El científico midió la velocidad con la que cada color ennegrecía el material y descubrió que el rojo era el más lento, mientras que el violeta era el más rápido.
Al colocar el compuesto en la zona oscura más allá del violeta, observó que el cloruro de plata se oscurecía con una rapidez aún mayor que con la luz visible. Ritter llamó a este descubrimiento “ultravioleta”, empleando el prefijo ultra que significa “más allá de”.
El impacto de la luz invisible en la ciencia moderna
Estos descubrimientos demostraron que la luz visible es solo una pequeña fracción de toda la energía que nos rodea. Ambos científicos confirmaron que estas radiaciones invisibles siguen las mismas leyes ópticas que la luz común: se refractan, se reflejan y pueden enfocarse.
Hoy en día, la radiación infrarroja se utiliza en sensores térmicos, telecomunicaciones y estudios climáticos. Por su parte, la radiación ultravioleta es fundamental en procesos de esterilización, medicina y en el estudio de la composición de las estrellas.
La labor de Herschel y Ritter permitió a la humanidad entender que el universo emite información constante a través de frecuencias que requieren instrumentos específicos para ser interpretadas. Sus experimentos con prismas, termómetros y químicos básicos sentaron las bases de la física cuántica y la óptica moderna.






