Buena Vista Social Club: La historia de la grabación en La Habana que rescató el son cubano
La música tradicional de Cuba experimentó un resurgimiento global a finales de la década de 1990 a partir de un proyecto que reunió a músicos veteranos en los estudios Egrem de La Habana. Lo que comenzó como una serie de sesiones de grabación con un presupuesto limitado y una estructura improvisada, derivó en el fenómeno cultural conocido como Buena Vista Social Club. Este proyecto no solo rescató ritmos como el son, el bolero y la guajira, sino que también posicionó a sus intérpretes en los escenarios más importantes del mundo.
El origen de Buena Vista Social Club en los estudios Egrem
En 1996, el productor británico Nick Gold, dueño del sello World Circuit, y el guitarrista estadounidense Ry Cooder viajaron a la capital cubana con la intención de grabar un proyecto que fusionara músicos de África occidental con intérpretes locales. Sin embargo, debido a problemas con los visados de los músicos africanos, el plan original cambió. Gold y Cooder decidieron entonces centrar la grabación exclusivamente en la música tradicional cubana de las décadas de 1940 y 1950.

Las sesiones se llevaron a cabo en los históricos estudios Egrem, conocidos por su acústica particular y por haber sido el centro de grabación de la música cubana durante décadas. El equipo de producción buscó a músicos que, en muchos casos, se encontraban retirados de la vida pública o desempeñando oficios ajenos a la música. La grabación del álbum principal se realizó en apenas siete días, bajo una dinámica de interpretación en vivo que capturó la esencia de los clubes sociales de la época pre-revolucionaria.
Músicos que integraron el proyecto de música tradicional
El éxito de Buena Vista Social Club se fundamentó en el talento de figuras que poseían una trayectoria extensa en la música tropical. Entre los integrantes más destacados se encontraba Compay Segundo, quien a sus 89 años aportó su composición “Chan Chan”, pieza que se convirtió en el himno del proyecto. También participó Eliades Ochoa, representante de la música rural del oriente de la isla.

Uno de los hallazgos más significativos fue el de Ibrahim Ferrer, quien en ese momento se dedicaba a lustrar zapatos para subsistir. Su voz suave y su dominio del bolero le otorgaron un papel protagónico en el álbum. A ellos se sumaron el pianista Rubén González, cuya técnica se mantenía intacta a pesar de años de inactividad, y Omara Portuondo, la única voz femenina del grupo, quien aportó la sensibilidad del “feeling” cubano a las grabaciones.
Impacto cultural y premios internacionales del álbum
Tras su lanzamiento en 1997, el disco homónimo de Buena Vista Social Club alcanzó cifras de ventas inusuales para un álbum de música tradicional. En 1998, el proyecto recibió el premio Grammy en la categoría de Mejor Desempeño Latino Tropical Tradicional. Este reconocimiento impulsó una gira internacional que llevó a los músicos a presentarse en recintos como el Carnegie Hall de Nueva York y el Amsterdam Royal Carré.

La narrativa del proyecto se expandió en 1999 con el estreno del documental dirigido por Wim Wenders. La película mostró la vida cotidiana de los músicos en La Habana y su contraste con el éxito repentino en el extranjero. Este material audiovisual contribuyó a que la audiencia global asociara la imagen de los autos clásicos y las calles de La Habana Vieja con el sonido del son cubano, generando un impacto en el turismo y la percepción cultural de la isla.
La vigencia del son cubano en la Ciudad de México y el mundo
La influencia de Buena Vista Social Club se extendió rápidamente a ciudades con una fuerte tradición de baile, como la Ciudad de México.

A pesar del fallecimiento de varios de sus fundadores, como Compay Segundo en 2003 e Ibrahim Ferrer en 2005, el legado del grupo continúa a través de nuevas generaciones de músicos. El proyecto demostró que los ritmos tradicionales poseen una vigencia que trasciende las modas comerciales, influyendo en la producción actual de salsa, merengue y otros géneros caribeños que se consumen masivamente en plataformas digitales y redes sociales.
El legado técnico y la preservación de la música de salón
Desde el punto de vista técnico, Buena Vista Social Club reivindicó el uso de instrumentos acústicos en una era dominada por la producción digital. El uso del tres cubano, el contrabajo, las maracas y el piano acústico devolvió el protagonismo a la ejecución instrumental orgánica. Esta forma de grabar influyó en productores contemporáneos que buscan un sonido más natural y menos procesado.

La historia de esta grabación improvisada en La Habana recuerda que la música es un vehículo de identidad y memoria. Lo que inició como una sesión de emergencia en un estudio antiguo, terminó por definir el estándar de la música latina a nivel mundial, rescatando del olvido a artistas que hoy son considerados pilares de la cultura hispana.






